LA
RAÍZ DEL COMPROMISO, DE LA SENSIBILIDAD, DEL VALOR
Vitoria, 31 de marzo 2007
Ana
María Schlüter
I
Caer en la
cuenta del abanico que se tiene,
que ofrece
solaz en el aprieto y calor de la crisis
La situación crítica y vulnerable que se está viviendo en
un mundo muy inestable y cambiante es el origen de muchos miedos. Según J. Gebser y otros, ahora
nos encontramos en un momento de transición de la conciencia mental a otra
conciencia, a veces llamada mística o espiritual o también integral, por
englobar las anteriores conciencias mágica, mítica y mental. H. M. Lassalle SJ escribe en su libro ¿A dónde va el hombre?: “La vida espiritual
que caracteriza al ser humano aún es muy débil. Falta mucho para que el hombre
se convierta en el ser espiritual que está destinado a ser. Un largo camino nos
queda por delante... por medio del cambio radical de conciencia”
[1]
En Occidente la urgencia
se agrava por el hecho de que, aproximadamente desde el siglo XIV, la dimensión
espiritual mística quedó cada vez más desplazada y marginada por las ciencias
exactas, hasta llegar al extremo de quedar en entredicho. El momento histórico
actual de un cambio de conciencia a nivel mundial, especialmente crítico en
Occidente, aparece con rasgos violentos. Los cambios de conciencia siempre han
estado precedidos por etapas en que la conciencia anterior, en ocaso, se
manifiesta de forma desorbitada.
Esto trae consigo convulsiones sociales y
ecológicas y produce una gran inseguridad. La tentación de agarrarse a lo
conocido, a cosas, a ideologías, a fundamentalismos seudoreligiosos es grande y
asoma por todas partes. Otra tentación es echar las tradiciones religiosas
propias por la borda, por no encontrar a través de ellas el acceso al misterio.
A veces se acogen convirtiendo en ideología otras tradiciones religiosas que
podrían ayudar a encontrarlo si se acogieran en profundidad.
Atrincherarse en ideas de una u otra forma no
es el camino. El miedo es mal consejero.
La solución no está en algo de fuera, ni
siquiera en una religión si ésta se vive como mera creencia, sino en arraigar
en lo que no cambia, que no es una cosa o una idea sino vida. Hay que descubrir
el reino de los cielos dentro del ser humano, como dice el evangelio.
Hay que saber que el tesoro familiar no entra por la puerta, como dice un
maestro zen chino; el tesoro que el ser humano es de toda la vida, no entra ni
por la puerta de los sentidos ni por la del entendimiento; está ya, y se
descubre con una facultad que va más allá del entendimiento.
El
evangelio se convierte en ideología si no se percibe vivamente la realidad de
la que da testimonio. “Oyendo las palabras deberías entender la fuente,” recomienda un poema chino muy antiguo. Las palabras
orientan, pero no bastan; son como los letreros en las carreteras. Son importantes,
pero el letrero que indica la dirección en que está Santiago de Compostela, aún
no es Santiago de Compostela y no proporciona la alegría de encontrarse en sus
calles y en la catedral del apóstol. Queda superado el miedo allí donde no
llegan meros planteamientos lógicos y buenos propósitos. Allí surge la
confianza y el valor. El Evangelio, los Hechos de los Apóstoles, las cartas de
los apóstoles, todos ellos hablan de la superación del miedo por medio de la
fe, la cual no es una mera creencia sino una experiencia viva. En la carta a
los Hebreos se habla de la confianza que surge de ahí como de “un ancla segura
y fuerte del alma”.
II
Coger el abanico
y llegando a la libertad de miedo, llenarse de valor
¿Cómo
se puede encontrar ese no sé qué estable en medio de todos los cambios? ¿Cómo
entender la fuente? Sin duda por medio de una práctica y ésta, bien orientada.
En todas las tradiciones espirituales de la humanidad, en Occidente muchas
veces de una forma marginal, en Oriente más central, se han cultivado caminos
espirituales que llevan a ver, a despertar. La base está en que lo que se busca ya se es. “Esta luz nunca falta
en el alma, pero debido a las formas y velos que no se le infunde,” dice San
Juan de la Cruz en la Subida del Monte Carmelo. El equivalente en el ámbito
budista se encuentra en la exclamación de Siddharta Gotama, en el momento de
despertar y convertirse en buda o despierto: “¡Maravilla de las maravillas!
Todos los seres son seres iluminados, pero debido a una forma equivocada de pensar
y al apego a sí mismos, no se dan cuenta” Y debido a esta ignorancia, viven
sufriendo.
El
gran obstáculo es el yo limitado que se deja llevar de las pasiones o velos y
que no supera la limitación del conocimiento objetivo, intelectual. Y ahí no basta
el conocimiento intelectual, aunque es indispensable. El espíritu conoce al
espíritu. Es un conocimiento por similitud, por parecido.
Lo crea en
primer lugar la forma de vivir. El
espíritu de la verdad es compasivo, paciente, humilde, opuesto a odio, rabia,
envidia, malicia. Ir viviendo así es ir pudiéndole reconocer. “El fruto del
Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad,
modestia, dominio de sí,” escribe el apóstol Pablo a los cristianos de Galacia
en Asia Menor.
“Basta un pequeño
vistazo a la Bhagavad Gita, los Upanishads, los Yoga Sutras de Panjali, los
discursos del Buda, a cualquier escritura revelada del mundo, a cualquier
escrito de un gran místico, del tiempo o lugar que sea, para ver que son temas
principales en que los iluminados del pasado ponen el mayor énfasis en sus
enseñanzas: la disciplina de la mente, la victoria sobre las pasiones
desenfrenadas, placeres, ambición, codicia, sed de poder; y por otra parte, el
cultivo de las grandes virtudes de compasión, caridad, alegría, veracidad,
paciencia, humildad, amor; dominando la ira, el odio, la envidia y la malicia”.
[3]
Además de
esto hace falta una práctica
contemplativa para cultivar de una forma u otra el silencio interior y
llegar a percibir lo que no percibe ningún sentido. El Vaticano II recomienda
en Ad Gentes artº 18 “asumir las tradiciones ascéticas y contemplativas de
otras culturas donde el espíritu ha obrado antes de la proclamación del
Evangelio. La práctica del zen, procedente del
budismo, por ejemplo, enseña a sentarse con las piernas cruzadas sobre
un cojín de unos 9 cm de altura con la espalda derecha, las manos recogidas y
los ojos abiertos mirando hacia delante en el suelo a un metro de distancia
aproximadamente de la base de la columna. Respirar tranquilamente de forma
natural. Y en tercer lugar mantener una actitud interior consistente en atar
toda la atención a la respiración sin entretenerse con ningún pensamiento o
sentimiento que pueda surgir, quedar libre de todo aquello que son
representaciones o “noticias particulares” (San Juan de la Cruz), limitadas. Se
encuentran indicaciones equivalentes, aunque menos concretas, en San Juan de la
Cruz, la Nube del no Saber y otros
místicos cristianos.
Lo
fundamental de la práctica en el zen y cualquier espiritualidad siempre es
quedar libre de las ataduras del pequeño yo limitado y abrirse al misterio, a
Dios a quien nunca nadie ha visto, vacío para los sentidos y el entendimiento.
Poner el centro en Él olvidándose de sí mismo para encontrarse el verdadero YO
MISMO. Perder la vida para encontrarla.
El arte
zen o zen-do es el arte de asentarse en el hondón del alma, y su primer
fruto es joriki, la fuerza del
haberse asentado, una capacidad de concentración, de superar las distracciones
de la mente y de vivir en paz en cualquier circunstancia. Lo acompaña con el
tiempo chie, una sensibilidad o
sabiduría en el sentido que hace saborear las cosas de una manera nueva, los
colores, la naturaleza, las personas, la música, textos sagrados, gestos
litúrgicos, las personas, sus situaciones etc. Es un hecho comprobado una y
otra vez que una práctica seria del zazen lleva sobre todo al despertar, a ver
la realidad (ken-sho) que no se
ve con el ojo de la cara ni del entendimiento, y a la transformación o
personalización de esta experiencia, a vivir despierto, a convertirse en
despierto o buda (jo-butsu). La
señal de un despertar auténtico es el fruto de la compasión ante los demás
mientras que la persona se da menos importancia a sí misma. Satori y karuna van
de la mano, son las dos caras de una misma medalla
Desde
mi experiencia en el acompañamiento de bastantes personas, puedo confirmar que
la práctica del zazen, desarrollado en el budismo zen e introducido entre
cristianos por el jesuita Enomiya-Lassalle, es un camino que lleva al
despertar, a caer en la cuenta del misterio, vacío para los sentidos. Lleva a
caer en la cuenta de la unidad vacía con todo y, en la medida que el despertar
es genuino y va transformando a la persona, a la compasión y humildad. Lleva a
darse cuenta de que todas las cosas fluyen, y a la vez despierta un sentido de
reverencia ante incluso la más pequeña cosa. Lleva a vivir en libertad de miedo
en cualquier circunstancia, en medio del dolor (¡el cual no desaparece!) y en
medio de la alegría. Por ser real y nada mágico es un camino largo y exigente.
Hay que "morir en el cojín" para resucitar a esta vida nueva.
III
Usar el abanico
Llegar a comprometerse desde la libertad de miedo
Cabe
preguntarse: ¿La mística, entendida
como experiencia inmediata de Dios,
realmente es algo que la razón humana puede tomarse en serio? Hubo un tiempo, no muy lejano, en que en
Occidente se la consideraba una forma especial de patología. Efectivamente, si
la razón se tiene por instancia última para conocer la verdad, descalificando
indiscriminadamente cuanto se le escapa, no puede admitir la coherencia de la
mística. Sin embargo, habría que
preguntarse en tal caso, en qué se basa la razón para asegurar esto y si este a
priori de ser instancia última de conocimiento, en realidad no es algo muy poco
racional.
Sin
llegar a negar el valor de la mística, en Occidente muchos la han considerado
durante siglos algo que era para unos pocos escogidos. Es un don, pero no está
reservado a unos pocos sino a los que son “puros de corazón, ellos verán a
Dios”. Es decir que el ser humano ha de disponerse para recibir el don, que por
otra parte, ha recibido desde siempre. “Desde antes de la creación habéis sido
elegidos,” escribe San Pablo a los Efesios. “La mística de hoy es para millones de personas que
andan buscando, ... para personas casadas que trabajan en las fábricas, en las
empresas, las aulas o las cocinas”, vimos que decía William Johnston SJ.
Blaise
Pascal, matemático y físico del siglo XVII, que después de una experiencia
mística dedicó los últimos ocho años de su vida a la filosofía y teología,
decía: "Nada hay más razonable o adecuado a la razón como el no reconocer
la razón” (Pensées 272). Dicho de otra manera: La función más noble de la razón
es reconocer sus propios límites.
La
existencia de la mística responde al hecho de que el ser humano es un ser
"eksistente" en el lenguaje de Heidegger, un ser que se caracteriza
por "estar abierto a". En su carta "sobre el Humanismo"
[4]
Heidegger cita a
Heráclito: "ethos anthropo daimon" (la morada habitual para el hombre
es lo divino). Lo propio del hombre es ser "pastor del ser"
[5]
; y su "patria",
dice Heidegger, es la cercanía del ser
[6]
; esta cercanía es lo
importante, ahí se decide si y cómo Dios se oculta o si y cómo surge la luz.
Este es el lugar de la experiencia del todo y de la mística.
Rudolf
Otto, refiriéndose al zen habla de "intuición mística de la
no-dualidad". Heinrich Dumoulin afirma: "Si mística en sentido lato
significa cualquier visión, conocimiento, contacto inmediatos de la realidad
trascendente, el camino de salvación budista, así como la antigua tradición
india de las Vedas y Upanishads, está transida de rasgos místicos. La mística
así entendida se encuentra en casi todas las religiones de la humanidad, de manera
especialmente acentuada en la espiritualidad india dominada por el Yoga"
[7]
.
El
acercamiento entre Occidente y Oriente viene al encuentro de la búsqueda del
hombre y de la mujer de hoy, que rodeados de mucho bienestar material, sienten
cada vez más una gran insatisfacción y son cada vez más conscientes de la
fragilidad del mundo en que viven. En el primer Parlamento de las Religiones
del Mundo, celebrado en 1893 en Chicago, por primera vez un abad budista zen
habló ante un público occidental. Desde entonces se fue extendiendo poco a poco
el conocimiento del budismo zen en Estados Unidos y Europa, primero de forma
teórica y a partir de la segunda mitad del siglo XX de forma práctica.
El
gran pionero del zen entre cristianos ha sido Hugo Makibi Enomiya-Lassalle SJ.
Su correligionario, el jesuita William Johnston, director del Instituto de las
Religiones Orientales de la Universidad Sofía de los jesuitas en Tokio,
considera que hasta ahora a Jesús el Cristo se le ha mirado y descrito sobre
todo con ojos y sensibilidad occidental, en un clima de Iglesia en que durante
siglos ha pesado demasiado lo estructural y doctrinal por encima de la
experiencia mística. Esos ojos no bastan para percibir toda su riqueza. Asia
aporta una perspectiva nueva muy
profunda. Johnston prevé una descentralización de la iglesia cristiana, que
hará posible que Asia mística aporte una nueva primavera. Para que se pueda
dar, hará falta una conversión del corazón intelectual, ética y religiosa. Con
trazos vivos y sugerentes describe una panorámica de la situación espiritual
actual. Considera que la tradición cristiana tiene futuro si abre su corazón a
las otras religiones, si en el encuentro interreligioso cultiva un espíritu de
humildad y pobreza, siguiendo el ejemplo de anonadamiento, de kenosis de Jesús. A la vez no debe
olvidar la mística bíblica de los profetas, la dimensión catafática de la
tradición cristiana, para salvar la tradición mística de una irrelevancia
estéril. Considera que “Sólo así hablaremos con sentido al hombre y a la mujer
del tercer milenio”.
Un
cristiano que practica zen, en mi experiencia, aprende y practica un nuevo modo
de abismarse en el misterio, asentándose en el hondón del alma, que le lleva a
superar la limitación de su pensar objetivo, desarrolla una nueva sensibilidad
y arraiga donde no hay miedo. Además aprende un nuevo lenguaje, que le hace
percatarse y expresarse de una manera nueva y que le abre horizontes nuevos. Aunque la realidad en
su dimensión última, inefable, no puede ser sino una y la misma siempre, el
marco religioso, en el cual se vive, influye en la posibilidad y modo de
experimentar y en la interpretación de la experiencia.
[8]
Un nuevo marco no sólo
brinda nuevas posibilidades de lenguaje para expresar lo experimentado sino que
crea además nuevas posibilidades de percepción, a la vez que un nuevo
instrumento para salvar del olvido aquello de lo que se ha caído en la cuenta.
Cuando
en los años setenta entré en contacto con el zen vivía en un barrio periférico
de Madrid y trabajaba en una Asociación de Vecinos, en que reivindicábamos
viviendas dignas y seguras, calles asfaltadas, suficientes puestos escolares
etc. Veía como debido a la falta de raíces humanas profundas, más de una
persona acababa quemada.
El
contacto con la tradición del zen y la mayor apertura a la mística cristiana
resultan muy importantes para un compromiso bien entendido que haga madurar en
lugar de quemar a las personas. La contemplación es la fuente de una acción auténticamente humana y
“ayuda a insertar nuestro esfuerzo en la verdadera y real profundidad de la
acción divina impulsa silenciosamente la historia”.
[9]
Años atrás
Fernando Urbina dio un retiro sobre San Juan de la Cruz a curas obreros de
Francia. Insistía en cómo la contemplación, si libera realmente a la persona de
sus ataduras, la lleva a insertar sus esfuerzos en la acción divina que en el
silencio empuja la historia. Esta persona ya no pone su confianza última en sí
misma, en seguridades externas cambiantes sino que tiene su confianza puesta en
Él que no pasa, en quien somos, vivimos y nos movemos. Se va pareciendo al agua
que en la mejor tradición china es la gran maestra de la vida. Es la sustancia
más blanda y maleable y a la vez es capaz de horadar y pulir rocas. Como dice
el sabio chino Nan-yao del s.XI: “De todos los elementos, el sabio debería
elegir como maestra el agua... El sabio que se vuelve como el agua, se
distingue por su humildad, obra en pasividad, actúa no-actuando y vence así el
mundo.”
Santa
Teresa en las Séptimas Moradas dice que de la unión más íntima con Dios, “del
matrimonio espiritual deben nacer obras siempre obras”. Para el Maestro
Eckehart
[10]
, Marta, una de las dos hermanas de Betania,
aúna la contemplación con la acción, es virgen totalmente abierta a Dios y
mujer que constantemente da a la luz obras. La cuestión es vivir y obrar
anclados en el hondón del alma.
La tradición del zen, muy emparentada
con el taoísmo, insiste sobre todo en esa fuente de toda acción auténticamente
humana. Su fuente no es en primer lugar el entendimiento y la voluntad humanas
sino la realidad sin nombre en que están entroncadas y de la que surge la
no-acción, el wu-wei, es decir, una acción sin interferencias egocéntricas y,
de ahí, beneficiosa.
Lo
importante no es hacer, moverse mucho,
sino
saber estar en su sitio, vivir respondiendo.
El
hilo no tiene que pretender hacer de mantel,
sino
ocupar el lugar que en el conjunto le toca.
Así
hace posible el mantel.
Si
uno no “inserta su esfuerzo
en
la acción divina que en el silencio
empuja
la historia”,
da
palos de ciego, se cansa mucho y se quema.
Su
acción no lleva fruto duradero.
Con palabras del Tao
Te King:
“La
acción debe parecer no acción.
El
estar pendiente debe parecer no estar pendiente...
Para
superar lo difícil,
Ha
de empezarse por lo fácil.
Para
realizar lo grande,
Ha
de empezarse por lo pequeño.
Por
eso el sabio nunca parece estar realizando algo grande,
Pero
al final puede realizar una gran obra...
Quien
considera todo muy fácil,
Encontrará
dificultades.
Por
eso el sabio tiene en cuenta la dificultad,
Y
entonces nada le resulta difícil.”
[11]
Últimamente se insiste en la urgencia de la recuperación de
la dimensión espiritual, incluso desde el campo de la ética de la economía
(Jorge Arturo Chaves: hace falta descubrir la dimensión espiritual del hombre)
y de la ecología (Thomas Berry: la causa de la destrucción es el
empobrecimiento espiritual).
No
parece que la humanidad vaya a encontrar una salida a la situación crítica en
que se encuentra si no vuelve su mirada hacia la raíz, si no recupera la mística
y no llega a aprender el modo de cultivar el ojo del alma. “La mística
de hoy es para millones de personas que andan buscando, ... para personas
casadas que trabajan en las fábricas, en las empresas, las aulas o las
cocinas...No se puede mantener al margen de los terribles problemas de la paz,
la justicia, la ecología, la violencia y el racismo”
[12]